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La triste noche del jaguar

—¡Párate aquí, si cabes! Nomás échalo hasta atrás.

—Pero dice «Prohibido estacionarse, carga y descarga las 24 horas».

—¡Ah, pero si lo alcanza a librar! Además, con todo este desmadre, ¿quién se va a poner a trabajar ahorita?

Apenas lográbamos bajar del carro sobre la calle Ejido, a un par de cuadras del mercado de abastos. El tráfico infernal adelantaba el destino que viviríamos esa noche. Eran las 19:00 y el cielo se iluminaba con figuras de drones que representaban la fiesta: los Jaguares de Nayarit volvían a casa para iniciar una nueva temporada.

Sobre las calles fangosas por el lodo de las huracanadas lluvias, inició nuestro peregrinar rumbo al Coloso, siguiendo las luces de los drones como los Reyes Magos a la estrella de Belén.

Pero, más allá del glamour y la fiesta que implica una inauguración deportiva, la Santa Teresita recordaba desde sus hogares la desigualdad que implican algunos escenarios.

Las banquetas abarrotadas por familias de hogares aledaños al estadio veían con emoción el espectáculo de luces y figuras que adornaba la presentación del nuevo equipo del pueblo.

Un barbero imperturbable continuaba su labor diaria junto a su cliente, a quienes poco les importaba que hubiera más de mil almas reunidas a unas cuantas cuadras.

Otros, menos entretenidos, como los trabajadores de un autolavado, dejaban las franelas mojadas sobre los vehículos y miraban al cielo para sentirse parte del evento.

Siempre resulta curioso cómo, en muchas ocasiones, las personas cercanas a los lugares de diversión y esparcimiento terminan relegadas a ver todo el espectáculo desde afuera. Algo parecido ocurre con el nacional que vive a unas cuadras de una zona turística que no puede darse el lujo de disfrutar.

De vuelta al sendero, los ojos de los héroes locales, desde Luis Enrique Miramontes hasta la reciente medallista Osiris Machado, seguían nuestro resbaladizo camino desde el mural de una escuela aledaña.

—Vamos caminando en chinga, como si de veras fuéramos a entrar al estadio —soltó uno de mis acompañantes.

—Ya sé, hasta parece que traemos boleto.

La indecisión, o quizá la indiferencia, cuando salieron a la venta los boletos del juego inaugural nos hizo perder la oportunidad de conseguir un lugar con anticipación.

Nuestro plan de cuatro camaradas era buscar a los famosos revendedores y lograr un precio justo o, de lo contrario, ver el partido desde el bar del estadio.

—En la reventa no pienso pagar el doble —dejé en claro al grupo.

—Andan hambrientos. En Facebook los andan vendiendo en 500 pesos los de 200 —me dijo un compañero.

—Mira, yo creo que hay que esperar a que casi empiece el partido para que sientan presión por venderlos y los dejen lo más barato posible —ideé desde el inicio.

Pero el plan parecía desmoronarse. En los alrededores del estadio, cerca de un centenar de elementos de seguridad custodiaban el evento. El Ejército Mexicano, la Guardia Nacional y la Policía Estatal figuraban con sus armas largas y radios.

—A lo mejor no se van a animar a revender boletos —decía con inocencia.

—Pero busquemos si hay algún vivo —me respondían al instante.

Durante veinte minutos, caminamos de aquí para allá buscando a alguien con actitud sospechosa o desesperada que quisiera vender su boleto. Me acerqué a un conocido vendedor de dulces y le pregunté si sabía de alguien.

—Ahorita andaba un chavalo vendiendo boletos, pero ya no lo veo.

Unos jóvenes con boletos en mano lucían sospechosos.

—¿Andas vendiendo boletos o qué? —le soltó un amigo.

—Nombre, los acabamos de agarrar también nosotros. Nos salieron en 200 pesos y son tres.

El pesimismo comenzó a inundarnos, por lo que nos dirigimos a tomar nuestros lugares y mirar el partido. Fue entonces cuando el dulcero llegó a abordarnos con un joven regordete.

—Mira, es el que anda vendiendo boletos.

—¿Dónde los traes y a cómo?

—Traigo tres nomás, pero son digitales. Son zona oro; te los dejo en 500.

—Pero ocupo los cuatro para estar juntos.

—Déjame ver si te consigo el otro.

No pasaron ni cinco minutos cuando regresó el vendedor regordete con otros dos chamacos que vendían sus boletos de zona plata a 300 pesos cada uno.

—Dan bien caro, cabrones. Bájense poquito. Pero, además, ocupamos los cuatro boletos juntos.

—Pues cómprenlos separados; ya adentro se juntan en un bar o algo así —respondió uno.

—Yo creo que lo veremos aquí en la Cava mejor —les mentí, antes de verlos alejarse.

Entre el torrente de personas que se dirigían al estadio, vi una cara conocida. Al saludarlo y explicarle mi situación, me comentó que había otra persona ofreciendo boletos desde un poste.

—Déjense ir a ver a cómo los trae.

—Dice que trae los cuatro en 500 cada uno para zona oro.

—Bájalos a 400 —le comentamos.

—No puedo, es que son digitales y sale más caro por el servicio.

Después de unos minutos de dimes y diretes, finalmente el revendedor regordete regresó, ahora con tres boletos impresos de una misma zona.

—Mira, ya te conseguí estos. Son todos juntos.

—El otro ya entra como sea —les comenté a mis compañeros.

Otro de mis amigos llegó contento.

—Ya convencí a los otros chavalos de que me dejen el boleto de 300 en 200 pesos.

Al revisar las zonas, vimos que no estábamos tan alejados.

—¡Que se arme, pues, en calor!

Un nuevo episodio de regateo terminó por bajar el costo de 900 a 800 pesos por los tres boletos. Aunque no era la gran cosa, el tiempo invertido y las ganas de ver el partido nos hicieron sentir un sabor a victoria.

El revendedor, en un acto de buena fe, entró junto a nosotros. Ya adentro, la suerte volvía a sonreírnos, porque junto a los tres asientos que nos revendieron quedaba libre uno más.

Con el juego ya empezado, nos sentamos a disfrutar del encuentro al inicio de la primera baja. El partido no tardó en brindarnos las primeras alegrías. En la segunda entrada abrió el marcador el equipo local, que para la tercera ya se ponía cuatro carreras arriba. El júbilo en las gradas se traducía en la constante venta de bebidas y alimentos.

—¿Qué vendes, güey? —le preguntaban a un vendedor.

—Arroz con carne.

—¿Yakimeshi?

—Sí, esa chingadera —respondía entre risas.

Las filas largas abarrotaban todos los negocios, al igual que los accesos a los baños. Charros no tardó en responder y empató el encuentro en la cuarta entrada, pero en la parte baja, el bombardeo nayarita volvía a poner a los locales al frente con cuatro carreras.

De pronto, el partido empezó a sentirse pesado por la lentitud del encuentro, que se extendía por casi tres horas entre revisiones y pitcheos. Al llegar la séptima entrada, el rival jalisciense dio la sorpresa y silenció al estadio al empatar el partido.

—Esto ya parece funeral —decía un camarada de Venados, enfundado en la casaca azul de Jaguares.

El silencio era total y empeoró al inicio de la octava entrada, cuando los Charros se fueron adelante. Solo el ambiente de los niños en las pantallas comenzaba a sacar una que otra sonrisa.

—Se están quemando los frijoles —gritaba un amigo ante el intenso olor que provenía de una cafetería.

Las risas de los presentes no se hicieron esperar. El espectáculo pasó de ser un partido de beisbol a convertirse en una oportunidad para ver qué tontería decía el miembro de mi camarilla.

La amenaza de lluvia se percibía en el aire y más de uno comenzó a retirarse para no verse empapado o intentar evitar los estragos del tráfico.

Para el inicio de la novena entrada, el estadio ya no tenía ni la mitad de la gente que había al principio, mientras los Charros anotaban su undécima carrera para poner el marcador 11-8.

Terminado el partido tras más de cuatro horas de juego, un nuevo peregrinar nos esperaba, entre rostros vacíos y cansados que poco caso hicieron a la música en vivo a las afueras del estadio.

Al llegar al lugar donde habíamos dejado el vehículo, un joven al que nunca habíamos visto y con quien no habíamos tratado se acercó al conductor con cerca de 500 pesos en la mano.

—Compa, ¿no busca dar una cooperación? Le cuidé su carro todo este rato.

—No traigo nada, ya ve que en el estadio no aceptan efectivo. Me vine sin nada.

—Será para la otra, entonces.

Mientras subíamos el vidrio, reflexionábamos sobre lo gandayas que llegan a ser algunos que se aprovechan de estos eventos.

—Pinches Jaguares —decía un compañero.

—No se agüiten. Así empezaron la temporada y terminaron quedando en primero — les dije.

—Terminaron igual —me corrigió el bromista—. Perdiendo contra los Charros.

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