En Las Islitas el mar subió hasta los caminos. A principios de octubre, con el huracán Rachel en el Pacífico, la marejada levantó olas de hasta tres metros y el agua se desbordó sobre las carreteras que llevan a la zona turística. Los establecimientos a pie de playa resultaron afectados y algunos restauranteros reportaron pérdidas. En las zonas bajas el agua alcanzó las viviendas y dejó lodo. El presidente municipal de San Blas, José Barajas, informó que se habilitó un albergue en la Preparatoria 12 de la Universidad Autónoma de Nayarit (UAN) para las familias que necesitaran salir de sus casas.
En esos mismos días, en San Francisco, el San Pancho de Bahía de Banderas, el oleaje de Rachel llegó a los balcones, las áreas comunes y los jardines del condominio Punta Paraíso, y dejó a la vista parte de sus pilotes. José Santos Salas, director de Protección Civil y Bomberos de Bahía de Banderas, informó que bajo el edificio se abrió un socavón de unos cuatro metros y que dos de sus tres torres quedaron inclinadas hacia el mar. Protección Civil estatal y municipal desalojó y clausuró el inmueble.
Una semana antes había pasado Polo. El 26 de septiembre el agua avanzó sobre Playa El Borrego, en San Blas, y hubo oleaje alto en Las Islitas. Después llegó Simón. En un reporte de N+ del 11 de octubre, una persona entrevistada en San Blas explicó que el mar de fondo y la marea alta llevaban días y habían aumentado la salinidad de los manantiales, por lo que se suspendió el bombeo de agua potable. Según el mismo reporte, el albergue de la Preparatoria 12 tenía para entonces unas 250 personas y se abriría otro.
La noche del 13 de octubre, el académico Mario Alberto Ortiz Jiménez, quien en 2016 recibió la Medalla Nayarit Centenario a la Investigación Científica y Tecnológica como investigador del Tecnológico de Tepic, escribió en su Facebook que en Las Islitas «la arena prácticamente desapareció dejando solo piedras». Agregó que en San Pancho algunos usuarios de redes reportaban desniveles de unos dos metros. «Y esto no es nuevo», advirtió, y retomó las cifras de un estudio sobre la erosión de la costa norte. A los huracanes les dio un papel de aceleradores.
Al día siguiente publicó otra vez para rebatir la idea de que el mar está recuperando su terreno. «Las playas dependen del equilibrio entre los sedimentos que reciben y los que pierden», escribió. «El mar no está reclamando lo suyo».
Las tormentas se han llevado arena siempre, y durante miles de años el río la repuso. Para entender qué se rompió hay que irse lejos, hasta la sierra de donde baja cada grano, y atrás, unos cinco mil años, cuando esta costa comenzó a formarse.
Piense en dos granos de arena. Uno es un pedacito de basalto del Eje Neovolcánico, la franja de volcanes que cruza el país del Pacífico al Golfo y que la cuenca del Santiago toca en uno de sus tramos. El otro es un fragmento de riolita de la Sierra Madre Occidental que viajó por el San Pedro. Al microscopio se reconocen sin batallar, porque la plagioclasa del basalto trae calcio y la de la riolita, sodio. Con esa diferencia, que funciona como firma, el geólogo Ruben Abe Cisneros siguió el rastro de la arena nayarita en su tesis de maestría para la Universidad Estatal de Luisiana (Cisneros, 2011). Revisó arena de los tres ríos de la región, de las playas actuales y de núcleos de hasta ocho metros extraídos de la llanura costera, y en cada muestra que comparó contó 500 granos. Cisneros cree que, a lo largo de miles de años, también llegó arena de basalto desde el Lerma, cuando Chapala no era la trampa de sedimentos que es hoy.
De granos así está hecha la llanura que corre de Mazatlán hasta un poco al sur de San Blas. Son franjas de arena paralelas al mar, una tras otra, que los geólogos llaman cordones de playa. Las crestas quedan a menos de un metro sobre el nivel medio del mar, y las depresiones entre una y otra, a menos de medio metro por debajo. En la parte más ancha se cuentan unos 280 cordones. La llanura mide más de 225 kilómetros de largo, casi diez de ancho en promedio y quince cerca de Santa Cruz (Curray et al., 1969, citado en Cisneros, 2011).
Cada cordón fue en su tiempo la orilla. El río suelta la arena, la corriente la reparte a lo largo de la costa y las olas la juntan bajo el agua en una barra. Si sigue llegando arena y el oleaje se mantiene bajo, la barra crece hasta asomar y se vuelve playa. La de antes se queda atrás, separada por una laguna angosta, y la costa gana un cordón más.
Joseph R. Curray y su equipo, de la Institución Scripps de Oceanografía, le pusieron fechas a esa historia con radiocarbono. La orilla se asentó hace unos 4 mil 750 años, cerca de la boca que entonces compartían el Santiago y el San Pedro. En los 150 años siguientes creció hacia el norte una flecha de arena que cerró la laguna de Agua Brava. De ahí en adelante la costa avanzó a tirones. En la parte más ancha se formaron 74 cordones entre hace 4 mil 500 y 3 mil 600 años, 127 en los dos milenios que siguieron y 80 entre hace mil 500 y 500 años. Cada uno tardó, en promedio, de 12 a 16 años y medio. Curray atribuyó el tramo más lento a un clima posiblemente más tormentoso, cuando el oleaje deshacía las barras antes de que salieran del agua (Curray et al., 1969, citado en Cisneros, 2011).
Esos números se entienden mejor con un reloj. Si los 4 mil 750 años cupieran en un día, cada hora valdría unos dos siglos y a la costa le saldría un cordón nuevo cada cuatro o cinco minutos.
Por lo bien que se lee esa historia en el terreno, la costa de Nayarit se volvió referencia para los geólogos. Cisneros la llama «uno de los ejemplos más conocidos y citados con más frecuencia» de costa que crece mar adentro a fuerza de cordones, y la estudia junto a casos de Brasil, Texas y Japón (Cisneros, 2011).
Entre los ríos que la levantaron hay una diferencia que hoy pesa. Cisneros apunta que, de los tres grandes ríos de la región, sólo el Santiago desemboca directo en el Pacífico. El San Pedro y el Acaponeta van a dar a esteros que quedan detrás de la barrera de arena, y ahí se les queda atrapado el sedimento. La cuenca del Santiago, sumando la del Lerma, mide 122 mil 850 kilómetros cuadrados, cuatro veces y pico la del San Pedro (Cisneros, 2011).
Las muestras cuadraron con eso. Cerca de la boca del Santiago la playa trae más fragmentos de basalto. Al norte llega poca arena de río, y esas playas viven sobre todo de una reserva que está bajo el agua, el delta que el Santiago y el San Pedro dejaron sobre la plataforma continental en el Pleistoceno, cuando el mar andaba mucho más bajo. La plataforma tiene entre 28 y 74 kilómetros de ancho, y el oleaje regresa a la orilla parte de esa arena vieja (Cisneros, 2011).
Esta costa ya pasó una vez por un cambio de fuente. Hace unos 500 años el Santiago se apartó del San Pedro y se fue al sur, a su cauce actual. Al norte de la boca vieja se detuvo la formación de cordones y una parte de los más nuevos se erosionó (Curray et al., 1969; Curray, 1996, citados en Cisneros, 2011). Aquella vez el río siguió trayendo arena, sólo que la dejaba en otro lado.
Lo que vino después lo hizo la ingeniería. Sobre el Santiago entraron en operación las hidroeléctricas de Aguamilpa, en 1994, y de El Cajón, en 2007, y la Comisión Federal de Electricidad (CFE) inauguró La Yesca el 6 de noviembre de 2012. En el reloj de un día, esos 32 años son casi los últimos diez minutos.
El ecólogo Exequiel Ezcurra, de la Universidad de California en Riverside, se propuso medir cómo afecta a los estuarios el sedimento que atrapan las presas. Con su equipo escogió cuatro ríos que bajan de la Sierra Madre en cursos paralelos hacia el Pacífico, rumbo a Marismas Nacionales o a los humedales de Ahome (Courthouse News, 2019). Dos tienen presas, el Santiago y el Fuerte. Este último desemboca en el norte de Sinaloa, a unos 600 kilómetros en línea recta de la boca del Santiago. Los otros dos, el San Pedro y el Acaponeta, ambos de Nayarit, corren libres en su cuenca baja. Los investigadores usaron esos cuatro ríos como un «experimento natural», así lo dice el título de su artículo, y compararon los represados con los libres (Ezcurra et al., 2019). Para entonces el Fuerte llevaba 61 años represado y el Santiago, 23 (Courthouse News, 2019).
Las presas del Santiago y del Fuerte retienen el 95 % del caudal y atrapan más de un millón de toneladas de sedimento al año (UC Riverside, 2019), lo que cargarían unos 50 mil camiones de volteo de 20 toneladas. En la boca de esos dos ríos la costa retrocede entre 7.9 y 21.5 hectáreas por año, en un litoral que por naturaleza debería ganar terreno (Ezcurra et al., 2019). Las 21.5 hectáreas equivalen a unas treinta canchas de futbol. Junto al San Pedro y al Acaponeta la orilla se mantuvo estable o creció (UC Riverside, 2019). Los autores sacaron la cuenta de que el daño ambiental de una presa en la parte baja de la cuenca casi duplica el beneficio que se le reconoce por reducir emisiones (Ezcurra et al., 2019). Cuando presentó el estudio, Ezcurra dijo que represar ríos y controlar sus caudales «está destruyendo estuarios y costas en muchas partes del mundo» (Scripps Institution of Oceanography, 2019).
Un equipo de la UAN hizo la medición a lo largo de la orilla, en tres municipios. Oyolsi Nájera González, Areli Nájera González, Rafael M. Murray Núñez y Jania Jicel Villareal Cambero parten de que la costa norte del estado «enfrenta una erosión acelerada». Con el programa DSAS (Digital Shoreline Analysis System) siguieron los cambios de la orilla entre 1997 y 2022. Encontraron erosión en el 90 % del litoral analizado de San Blas, el 80.5 % del de Santiago Ixcuintla y el 79.2 % del de Tecuala, con tramos que perdieron hasta 22.1 metros por año y retrocesos acumulados de hasta 553.6 metros. El balance de sedimento les dio negativo y lo asocian, sobre todo, con el menor aporte del río desde que el Santiago tiene presas (Nájera González et al., 2026). De ese estudio salen las cifras que citó Ortiz Jiménez.
Al río le ayudaron otras obras. En 1976 se abrió el canal de Cuautla para facilitar la pesca. Tenía 40 metros de ancho y dos de hondo. Un equipo del Instituto de Ingeniería de la UNAM lo midió después en 800 metros de ancho y 25 de fondo, y concluyó que el canal sigue lejos del equilibrio: «si no se toman medidas, seguirá creciendo en ancho y profundidad» (Franco-Ochoa et al., 2014). En 2012 La Jornada Ecológica calculaba la boca, con imágenes de satélite, en casi 1.8 kilómetros, y advertía que Palmar de Cuautla corría el riesgo de desaparecer. En 49 años, entre el canal y los cordones vecinos se perdieron 805 hectáreas de depósitos de playa. Los autores de esa medición señalan dos golpes al sistema de Marismas Nacionales, la apertura del canal y las presas (Flores-de-Santiago et al., 2020).
Más al sur, en la bahía de Matanchén, donde está Las Islitas, la historia trae dos tiempos. Con fotos aéreas y mapas de los siglos XVIII y XIX, los geógrafos Mario Arturo Ortiz Pérez y Azucena Pérez Vega documentaron que la bahía ganó playa muy rápido entre 1945 y 1970, tanto que las islas del sur quedaron unidas a tierra. De 1970 a 1993 la cosa se volteó y vino la erosión (Ortiz Pérez y Pérez Vega, 1999). En la punta norte, Rubí E. Martínez Martínez, Rodolfo Silva y Edgar Mendoza, del Instituto de Ingeniería de la UNAM, ubicaron el comienzo de la erosión hacia 1986, con un retroceso de la orilla de más de 300 metros y daño para los pequeños negocios. La achacaron a obras humanas, entre ellas el sistema de presas, nueva infraestructura de transporte, instalaciones turísticas, un puerto y varios dragados (Martínez Martínez et al., 2014).
Visto así, el huracán apura algo que ya venía. En la época más tormentosa que describió Curray el mar también se llevaba las barras, pero el río mandaba arena para la siguiente. Ortiz Jiménez suma el cambio climático. Según escribe, el aumento del nivel del mar favorece el retroceso de la costa, y el calentamiento del océano favorece lluvias más intensas y puede hacer más fuertes a los ciclones más poderosos. Con base en las proyecciones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), sostiene que en las zonas costeras bajas de Nayarit el mar «podría avanzar cientos de metros tierra adentro durante el presente siglo».
Hay propuestas sobre el tema. Paula Ezcurra y Octavio Aburto, coautores del estudio de los cuatro ríos, plantean desviar parte del sedimento alrededor de las presas para que siga su camino río abajo, lo que de paso alargaría la vida de los embalses, porque se azolvarían más despacio (Ezcurra y Aburto, 2019). El equipo de la UAN considera que entender cómo se mueve la costa es la base para planear la adaptación y el ordenamiento del territorio (Nájera González et al., 2026). Ortiz Jiménez pide «urgentemente un diagnóstico científico y un programa de restauración costera», y avisa que algunas playas podrían recuperarse solas y otras no.
Entre los dos ríos la diferencia también se nota en la pesca. En la temporada 2007-2008, el estuario del San Pedro dio 658 toneladas de camarón, ostión y pescado. Los pescadores del Santiago sacaron 35 ese mismo año, según los datos del estudio de Ezcurra que publicó Courthouse News (2019).
Fuentes consultadas
Cisneros, R. A. (2011). Provenance and origin of Holocene beach ridge and modern beach sands from the Costa de Nayarit, western Mexico [Tesis de maestría, Louisiana State University]. https://doi.org/10.31390/gradschool_theses.3550
Courthouse News Service. (2019, 13 de marzo). [Nota sobre el estudio de Ezcurra et al.]. Courthouse News Service. https://www.courthousenews.com/?p=468404
Curray, J. R. et al. (1969) y Curray, J. R. (1996). Citados en Cisneros (2011).
Ezcurra, E., Barrios, E., Ezcurra, P., Ezcurra, A., Vanderplank, S. E., Vidal, O., Villanueva-Almanza, L. y Aburto-Oropeza, O. (2019). A natural experiment reveals the impact of hydroelectric dams on the estuaries of tropical rivers. Science Advances, 5(3), eaau9875. https://doi.org/10.1126/sciadv.aau9875
Ezcurra, P. y Aburto, O. (2019). Hydropower dams can harm coastal areas far downstream. Down To Earth. https://www.downtoearth.org.in/amp/story/water/hydropower-dams-can-harm-coastal-areas-far-downstream-64620
Flores-de-Santiago, F. et al. (2020). Spatiotemporal shoreline dynamics of Marismas Nacionales, Pacific coast of Mexico, based on a remote sensing and GIS mapping approach. Environmental Monitoring and Assessment. https://doi.org/10.1007/s10661-020-8094-8
Franco-Ochoa, C., Mendoza, E., Ruiz de Alegría-Arzaburu, A., Mariño-Tapia, I., Mejía, A. y Silva, R. (2014). Study and control of the morphodynamic of Cuautla channel, Nayarit, Mexico. Coastal Engineering Proceedings, 34. https://doi.org/10.9753/icce.v34.posters.36
Guerrero, C. (2026, 11 de octubre). Huracán Simon dejó a San Blas en alerta máxima y provocó escasez de agua [Video]. N+.
Instituto Tecnológico de Tepic. (2017, 1 de agosto). Investigadores del TecNM campus Tepic acreedores a la Medalla Nayarit Centenario a la Investigación Científica y Tecnológica (Boletín 706). https://www.tepic.tecnm.mx/boletin/2017/706
La Jornada. (2026, 7 de octubre). Clausuran condominio en San Pancho, Nayarit, afectado por fuerte oleaje. La Jornada, p. 27. https://www.jornada.com.mx/2026/10/07/estados/027n1est
La Jornada Ecológica. (2012, 3 de diciembre). La deforestación de los manglares y la pesquería del camarón en Marismas Nacionales; Sobre el futuro de Marismas Nacionales. La Jornada.
Martínez Martínez, R. E., Silva, R. y Mendoza, E. (2014). Identification of coastal erosion causes in Matanchén Bay, San Blas, Nayarit, Mexico. Journal of Coastal Research, 71(sp1), 93-99. https://doi.org/10.2112/SI71-011.1
Nájera González, O., Nájera González, A., Murray Núñez, R. M. y Villareal Cambero, J. J. (2026). Erosión costera del Pacífico mexicano: evidencia de una problemática regional desde Nayarit (1997-2022). Revista de Ciencias Ambientales. https://www.revistas.una.ac.cr/index.php/ambientales/article/view/22278

