Una tortuga marina nace sin que nadie la espere. Rompe el cascarón bajo la arena, trepa sobre sus hermanas, asoma la cabeza a una noche que huele a sal y sin que nadie le explique nada, camina hacia el ruido de las olas. Es una de las escenas más antiguas del mundo, y en la costa de San Blas, volvió a ocurrir noventa y ocho veces con un detalle que la hace distinta, esos huevos no debían haber llegado hasta ahí.
Iban en otra dirección. Habían sido sacados de la arena de manera ilegal, de esos nidos que alguien encuentra antes que las crías y que, en lugar de un mar, tienen por delante una venta clandestina. Si la historia hubiera seguido su curso, se habría quedado en eso: huevos en una bolsa, un trato rápido, un destino que no incluye aletas.
Pero en el camino aparecieron otros actores. Operativos y vigilancia de fuerzas de seguridad federales, estatales y municipales lograron asegurar los huevos, y ahí empezó la parte menos vistosa y más delicada de la historia. Personal de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) en Nayarit los revisó uno por uno, con paciencia de relojero, cómo estaban físicamente, cuánto tiempo había pasado desde que los sacaron, cómo habían sido manipulados. Había que decidir cuáles todavía tenían posibilidades y cuáles ya no. No todos las tenían, pero había que averiguarlo.
Los que sí, viajaron al campamento tortuguero Aayetsie Wakie, en el municipio de San Blas, donde fueron resembrados y vigilados hasta que llegó el momento. De los 163 huevos recuperados durante agosto de 2026, eclosionaron 98, un 60 por ciento de éxito. Dicho así suena a estadística. Dicho de otro modo, son 98 tortugas que hoy están en el mar y que, de otra forma, no habrían llegado ni a la orilla.
Y vale la pena mirar el número con cuidado. El 60 por ciento no es una cifra perfecta, y en el camino se quedaron 65 huevos que no lograron abrirse, recordatorio de que cada minuto que un nido pasa fuera de la arena cuenta. Pero tampoco es poca cosa: es una segunda oportunidad que, en este caso, no dependió de la suerte sino de que policías, personal ambiental y gente del campamento se pusieran de acuerdo en trabajar juntos.
La Profepa dice que seguirá fortaleciendo esa coordinación, no solo para combatir la extracción y la venta ilegal de huevos, sino para contribuir a la recuperación de la especie. Es una promesa de continuidad, y habrá que ver que se cumpla. Mientras tanto, la costa de Nayarit tiene 98 razones frescas para recordar de qué se trata, de que alguien mire un nido antes de que sea tarde.
Las pequeñas tortugas ya recorrieron los pocos metros de arena que les tocaban. Lo que venga después, años de mar abierto, depredadores, corrientes, es asunto suyo. Pero salieron, que no es poco.

