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El teatro joven cruza fronteras

Buenos Aires se convierte esta semana en punto de encuentro para jóvenes que encuentran en el teatro una manera de contar aquello que a veces cuesta poner en palabras. Del 13 al 18 de octubre, la capital argentina recibe la 17.ª edición del Festival Mundial de Teatro Adolescente Vamos que Venimos, un espacio donde distintas generaciones comparten escenario, inquietudes y formas de mirar el mundo.

Desde Nayarit, Azul Elizabeth de Santiago Bañuelos y Emilio Cabrales Barrón, integrantes de la Compañía de Teatro Ocelotes de la Universidad Autónoma de Nayarit, participan con Luna, una obra del dramaturgo y director Alejandro Gómez Ortíz. Su propuesta llega en formato de lectura dramatizada, una modalidad en la que la voz, las pausas y la intención expresiva sostienen el relato sin depender necesariamente de una puesta en escena convencional.

El punto de partida de Luna está en el verano de 1998. Durante una celebración familiar en un rancho, David conoce a una niña que marcará sus recuerdos. Entre juegos, imaginación y leyendas, ambos construyen una amistad que abre paso al descubrimiento del primer amor. La historia se mueve entre la sencillez de la infancia y la huella que dejan ciertos encuentros, incluso cuando la vida termina por separarnos de quienes alguna vez fueron importantes.

En otro escenario, la compañía Orión en la Frente, de la Universidad de Colima, presenta Demonios Blancos, de Martín Quetzal. Su protagonista, Rogelio, es un adolescente que despierta en un espacio incierto, suspendido entre la realidad y la memoria. Allí comienza un recorrido por sus heridas, sus temores y los recuerdos que lo confrontan con una sociedad incapaz de comprenderlo plenamente.

La violencia contra un joven gay, el rechazo y el aislamiento atraviesan esta segunda propuesta. Lejos de ofrecer respuestas fáciles, la obra coloca en primer plano la necesidad de ser reconocido y aceptado. La identidad, la culpa y el deseo de pertenecer adquieren así una dimensión que rebasa la ficción: son experiencias que encuentran eco en las vidas de muchos adolescentes.

Las presentaciones mexicanas se distribuyen en espacios culturales de relevancia para la ciudad. Demonios Blancos forma parte de la programación vinculada al Teatro Nacional Cervantes, ubicado en Libertad 815, mientras que Luna tiene como sede el Teatro de la Biblioteca Nacional del Congreso, en Alsina 1835. Más allá de los recintos, ambas participaciones ponen en circulación historias concebidas desde distintas sensibilidades y preocupaciones juveniles.

Lo que reúne a estas agrupaciones no es una sola manera de hacer teatro, sino la posibilidad de convertir experiencias personales y colectivas en materia escénica. La memoria y el primer amor en Luna; la discriminación y la búsqueda de aceptación en Demonios Blancos: dos universos distintos que encuentran en el escenario un lugar para ser escuchados.

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