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Rafael “Pelón” Osuna: Una conversación más allá del tiempo / Por José Hermilo Amezcua Domínguez

Sentado en su sillón favorito, Rafael me espera paciente. Será una charla corta. Tiene un permiso muy limitado y vamos a aprovecharlo al máximo.

-Rafael, naciste el 15 de septiembre de 1938. Hace apenas unos días habría sido tu cumpleaños. ¿Qué pensarías al saber que, tantos años después de tu muerte, alguien todavía quiera sentarse a platicar contigo?

Creo que me sorprendería. Yo jugué tenis porque era lo que amaba hacer, no porque pensara que algún día alguien estaría hablando de mí más de medio siglo después. Si pudiera regresar, quizá lo primero que preguntaría sería: “¿Qué pasó con el tenis mexicano?”. Me daría curiosidad saber si México encontró nuevos jugadores capaces de competir con los mejores del mundo.

Encontraste la manera de hacerlo cuando no era nada sencillo para un mexicano. Ganaste el Campeonato de Estados Unidos en 1963 y Wimbledon en dobles. ¿Qué significaba para ti enfrentarte a los grandes jugadores del mundo?

Significaba demostrarme a mí mismo que podía hacerlo. En aquella época viajar, competir y enfrentarse a los mejores no era tan sencillo como lo es ahora. No teníamos la infraestructura ni las condiciones que tienen los grandes jugadores actuales. Pero cuando entrabas a la cancha, todo eso desaparecía. Eran dos jugadores, una raqueta y una pelota. Ahí no había excusas.

 ¿Te sentías inferior por ser mexicano?

No. Tal vez sabía que venía de un país que no tenía la tradición tenística de otras naciones, pero eso no significaba que tenía que sentirme menos. Al contrario. Cuando representaba a mi país, sentía una responsabilidad enorme. Cada partido era también una manera de decir: “Aquí estoy”.

 En 1962 llevaste a México hasta la final de la Copa Davis. ¿Qué significó aquello?

Fue algo muy especial. La Copa Davis tenía un significado diferente. No estabas jugando solamente por ti. Jugabas por tus compañeros y por tu país. Cuando estás ahí, escuchando el nombre de México, entiendes que detrás de ti hay mucha gente que está siguiendo el resultado.

También fuiste campeón de Wimbledon en dobles. ¿Qué preferías: jugar individual o dobles?

En lo individual te enfrenta directamente contigo mismo. En dobles tienes que confiar en otra persona. Ahí aprendí que el talento individual no siempre es suficiente. Hay que entender al compañero, anticiparlo, cubrirlo y saber cuándo dejarle el protagonismo.

Rafael, moriste el 4 de junio de 1969, con apenas 30 años, en un accidente aéreo. Si pudieras hablar con el Rafael de 30 años, ¿qué le dirías?

Le diría que no sabe cuánto tiempo tiene. Y quizá eso es algo que todos deberíamos recordar. Cuando uno es joven piensa que tiene todo el tiempo del mundo. Yo también lo pensaba. Por eso hay que aprovechar lo que uno tiene mientras lo tiene: la familia, los amigos, la oportunidad de competir, de viajar, de aprender.

 ¿Te quedó algo pendiente?

 Seguramente. A los 30 años uno todavía tiene muchos planes. Pero no me gustaría que me recordaran por lo que no pude hacer. Prefiero que me recuerden por lo que sí pude hacer.

En 1979 entraste al Salón Internacional de la Fama del Tenis. Tú ya no estabas aquí para verlo. ¿Qué te habría provocado saberlo?

Orgullo, naturalmente. Pero también pensaría en todos los que estuvieron conmigo antes de llegar hasta ahí. Ningún deportista llega solo. Hay entrenadores, compañeros, familiares y amigos. Los triunfos tienen muchos nombres, aunque solamente uno aparezca en la estadística.

Si pudieras volver a México durante un solo día, ¿qué harías?

Iría a una cancha. No necesitaría mucho más. Escucharía el sonido de una pelota contra las cuerdas, sentiría una raqueta en la mano y quizá jugaría unos cuantos puntos. Después buscaría a mis amigos. Porque al final, más allá de los trofeos, eso es lo que uno extraña: la gente con la que compartió la vida.

El tiempo se acabó. Muchas preguntas quedaron pendientes, pero lo que nos dijo fue suficiente para conocer un poco de lo que este héroe deportivo hizo por México. Nos dimos un fuerte abrazo y me despedí con la satisfacción de conocer a este gran hombre.

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