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La última fila de Porrúa

Era sábado, poco después del mediodía; el sol estaba en lo alto y el calor había tomado el centro de Tepic con esa insistencia que vuelve pesado hasta caminar unas cuantas calles, tenía días sin llover. Había pocas personas circulando, menos todavía quienes parecieran tener prisa por quedarse en el corazón de la ciudad. Pero al acercarme a la librería Porrúa ocurrió algo extraño: el lugar estaba abarrotado. Digo estaba, porque ese sábado fue su último día.

La librería que durante un par de años ocupó un espacio en el centro de Tepic, luego de haberse desplazado de la plaza comercial más grande de la ciudad, cerraba por completo sus puertas al público y, antes de hacerlo, puso sus libros en descuento. Había que vender lo que quedaba.

Durante sus últimas horas, los estantes comenzaron a vaciarse mientras los compradores buscaban aquello que durante meses o años habían querido comprar y que, por su precio, habían dejado para después. Hay un dicho poco elegante pero bastante práctico para estas circunstancias: más vale bien vendido que bien podrido. Porrúa remató buena parte de sus existencias y los libros comenzaron a cambiar de dueño, a abandonar los estantes para terminar en libreros, burós, mochilas y mesas de otras casas.

Quizá ni siquiera en la inauguración hubo tanta gente. Una fila de más de una decena de personas avanzaba hacia la caja con varios libros bajo el brazo. Algunos llevaban uno, otros tres, cinco o más. Había quienes esperaban con efectivo en la mano y quienes sostenían la tarjeta mientras calculaban cuánto más podían llevarse antes de cruzar el umbral por última vez. Después aparecieron las fotografías y los comentarios en Facebook. “Me llevé una ganga”, decían algunos. Uno contaba que habría gastado más de tres mil pesos en libros, pero terminó pagando mil ochocientos. Otro celebraba haber encontrado por fin aquel título que durante tanto tiempo había querido porque siempre le había parecido demasiado caro.

La librería estaba llena, sí, pero había una ironía imposible de ignorar, Porrúa estaba consiguiendo una de sus mayores concentraciones de compradores precisamente cuando estaba dejando de vender.

Durante años hemos repetido que la gente ya no lee porque tiene un teléfono en la mano. Es una explicación cómoda y, por eso mismo, insuficiente. En México, de acuerdo con los datos más recientes del Módulo sobre Lectura del INEGI, la población lectora lee en promedio 3.2 libros al año. Alrededor de 79 por ciento de quienes leen consulta algún libro y el formato impreso continúa siendo dominante, con 81.3 por ciento de preferencia frente al digital. Los lectores dedican alrededor de una hora por sesión y son los jóvenes de 12 a 24 años quienes presentan la mayor participación en la lectura de algún tipo de material, con cerca de 89.1 por ciento. No estamos, entonces, frente a un país donde nadie abre un libro, sino frente a uno donde todavía se lee, pero leer no necesariamente significa comprar libros, ni comprarlos nuevos, ni acudir a una librería para hacerlo.

En Nayarit hay, además, una señal económica que no conviene pasar por alto. Según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024, la proporción del gasto trimestral destinada a educación y esparcimiento, rubro donde se incluyen los libros, pasó de 8.5 en 2022 a 7.6 en 2024. En términos del gasto, se pasó de alrededor de 3 mil 630 pesos a 3 mil 390 pesos. No hace falta convertir esas cifras en una acusación contra los nayaritas. Tal vez no seamos simplemente tacaños para comprar libros.

Tal vez estamos gastando nuestro dinero en otra cosa porque hay otras cosas que apremian más. El gasto en alimentos y bebidas aumentó, al igual que el destinado a transporte y comunicaciones, mientras el de salud disminuyó. Una familia que tiene que decidir entre llenar el refrigerador, pagar el transporte, cubrir las comunicaciones o comprar una novela difícilmente necesita que alguien le explique que leer es importante. Lo sabe. Otra cosa es que pueda permitírselo.

Y luego está la piratería, esa palabra que solemos pronunciar con desprecio sin detenernos demasiado a pensar qué la alimenta. Hay quienes descargan libros porque no pueden o no quieren pagar por ellos. Otros prefieren una pantalla porque pueden cargar cientos de títulos en un dispositivo que ya tienen. Hay quienes encuentran en internet libros que jamás podrían comprar en una librería física. No es lo mismo, desde luego, sostener un libro, pasar las páginas, doblar una esquina o encontrar años después una dedicatoria, o una mancha de café que nos transporte a una memoria. Pero el contenido está ahí y, para muchas personas, eso basta. El acceso a la lectura ya no depende exclusivamente de una tienda con cuatro paredes, un mostrador y estantes.

También está el peso material del libro. En una ciudad que ha conocido episodios de lluvias intensas e inundaciones, una biblioteca doméstica puede convertirse en una colección vulnerable. Un archivo digital puede respaldarse; una caja de libros empapados no. Una mudanza, la falta de espacio o la necesidad económica pueden obligar a desprenderse de ellos. El libro físico tiene una ventaja sentimental, pero también tiene un precio, ocupa espacio y puede perderse.

La escena frente a Porrúa, sin embargo, parecía contradecir esos argumentos. Había parejas buscando libros juntos, padres que llevaban a sus hijos de la mano y personas solas recorriendo los estantes. Compradores que levantaban un ejemplar, revisaban la portada, hojeaban algunas páginas y finalmente lo apretaban contra el cuerpo antes de llevarlo a la caja. Algunos abrazaban sus compras con un cuidado casi maternal. Era una imagen hermosa, pero también había algo de rapiña en ella, aunque suene cruel decirlo.

No porque quienes compraban estuvieran haciendo algo malo, sino porque la desaparición de la librería había convertido en oportunidad aquello que durante mucho tiempo había sido postergable. El descuento había hecho posible lo que el precio regular había impedido; el cierre había creado urgencia y la urgencia despertó el deseo.

Tal vez así funcionamos más veces de las que queremos admitir, apreciamos con mayor intensidad aquello que estamos a punto de perder. Una librería puede permanecer años ocupando el mismo lugar y formar parte del paisaje hasta volverse invisible. Pasamos frente a ella, sabemos que existe, prometemos entrar algún día. Vemos un libro, revisamos el precio y pensamos que después. Pero cuando aparece el aviso de que la tienda cerrará, ese “después” desaparece. Hay que entrar hoy, comprar hoy, llevarse el libro hoy porque mañana quizá ya no esté.

Por eso resulta tentador decir que Porrúa cerró porque ya nadie lee. Pero sería una explicación demasiado sencilla. Quienes no leen señalan principalmente la falta de interés o motivación y la falta de tiempo, con 34.6 y 32.4 por ciento, respectivamente. Y mientras tanto, México tampoco ha tenido resultados particularmente alentadores en comprensión lectora dentro de evaluaciones internacionales como PISA.

La pregunta no debería ser solamente cuántas personas leen, sino qué relación estamos construyendo con la lectura. Una sociedad puede leer mensajes durante todo el día y tener dificultades para comprender un texto complejo. Puede tener acceso prácticamente ilimitado al conocimiento y no tener dinero suficiente para comprar un libro.

Desde afuera, yo solamente observaba, tenía otros pendientes y no podía quedarme demasiado tiempo. No entré a buscar entre los estantes porque ya sabía que los libros que quería no estaban ahí. Me quedé viendo cómo aquella multitud entraba y salía bajo el calor de ese sábado, cómo la fila avanzaba y cómo los libros abandonaban el lugar uno detrás de otro.

Me interesaba más observar a las personas que los títulos. Una familia salía con varias bolsas. Una pareja discutía sobre cuál libro había encontrado. Alguien revisaba su compra antes de guardarla. Eran pequeñas escenas, nada extraordinario en apariencia, salvo por un detalle, ya no volverían a ocurrir ahí.

Pensé entonces en mi hijo. Tengo pendientes dos libros que quiero regalarle, fue un lector voraz. Durante un tiempo se devoró las novelas de Julio Verne y después se acercó a los cuentos de Isaac Asimov, esos futuros distópicos en los que la tecnología, la humanidad y sus contradicciones terminan encontrándose (que ya no parecen tan “ficción”). Luego dejó aquellos libros a un lado para sumergirse en el manga. No puedo reprochárselo, yo también lo hago. Lo que me provoca curiosidad no es que haya cambiado de género, sino que haya cambiado de mundo sin abandonar la necesidad de leer.

Me habría gustado llevarlo aquella tarde. Habría querido que caminara entre los estantes y encontrara algo que le llamara la atención, que eligiera un libro sin que yo se lo recomendara. Pero estaba ocupado con otros deberes que no podía postergar. Así que los dos libros siguen pendientes.

También queda pendiente ese momento que imaginé y que ya no podrá ocurrir dentro de Porrúa. Ahora esos libros tendrán que aparecer en otro sitio, en otra librería, quizá en una feria, en una tienda de segunda mano o en internet.

Lo que sí desaparece con Porrúa es una posibilidad, entrar sin saber exactamente qué se busca y salir con algo que no estaba en los planes. Tocar un libro antes de decidir, encontrarse con una portada desde la calle, preguntar por un autor o descubrir un título porque estaba colocado junto a otro. Eso es lo que pierde una ciudad cuando una librería cierra, no solamente un negocio, sino uno de los lugares donde la casualidad todavía podía llevarte a un libro.

Por eso aquella fila del sábado resulta tan difícil de olvidar, no era solamente una fila de compradores. Era una fila de personas llegando tarde a algo que quizá durante años tuvieron frente a los ojos. Algunos consiguieron una ganga. Otros encontraron el libro que querían. Otros se llevaron varios porque el precio finalmente lo permitió. Y otros, como yo, solamente alcanzamos a mirar cómo los estantes se vaciaban. Porrúa se fue llena de gente, quizá la forma más contradictoria de despedir una librería, llena cuando ya no podía quedarse, llena cuando sus libros tenían descuento, llena cuando la urgencia de perderla había conseguido aquello que su existencia cotidiana no siempre conseguía, que entráramos.

Al final quedaron los libros en otras casas y la librería dejó de estar en la suya. Quedaron las compras, las fotografías y los comentarios en redes sociales. Quedaron también los pendientes, como esos dos libros que todavía tengo que regalarle a mi hijo. Y quizá ahí esté la parte más honesta de esta historia, no basta con lamentar que cierre una librería. Si de verdad nos importa que existan, tenemos que entrar antes de que anuncien el cierre, comprar cuando no hay descuento, recomendar sus libros, llevar a nuestros hijos y dejar de pensar que siempre habrá tiempo. Porque una librería no se muere el día que baja la cortina por última vez. Para entonces ya lleva mucho tiempo muriéndose cada vez que pasamos frente a ella y pensamos que entraremos después.

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