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Sor Juana Fest, el lado punk de la monja

Debajo de la monja solemne que habita los libros de historia y el billete de doscientos pesos hay una mujer que todavía tiene algo de punk. Esa es la Sor Juana que Lizbeth Gómez Reyes y José Ramón Ulloa Navarrete quieren volver a poner en circulación: una escritora que se atrevió a pensar, a cuestionar y a contar desde el último lugar donde parecía que podía hacerlo, un convento.

El 12 de noviembre, de nueve de la mañana a ocho de la noche, los pasillos de Humanidades en la Universidad Autónoma de Nayarit tendrán otro pulso. Estudiantes de quinto semestre de la licenciatura en Estudios y Creación Literaria celebran ese día el Sor Juana Fest, un festival con doble motivo: conmemorar el natalicio de la poeta y festejar un año más de la carrera. Los organizadores lo resumen con una imagen: es un árbol que está por nacer y al nacer romperá el concreto.

La semilla la puso Lizbeth, directora general del festival, que el semestre pasado armó el esqueleto del concepto. La maestra Chío ayudó a darle cuerpo, y de ahí en adelante el salón entero tomó la batuta. José Ramón, director del apartado gráfico y de diseño, cuenta cómo creció lo que empezó como una charla de clase: “Y ya dices, ah, bueno, hay que invitar a un músico para que no sea nomás literatura. Conozco un grupo de danza. Deberíamos hacer esto también. Y cuando te das cuenta, ya es otra cosa”. Lo que sigue es una bola de nieve. “Es lindo dejarte llevar por todas estas cosas y ver cómo un proyecto conecta con otro proyecto, y crecer como una red”.

Al principio la intención era hacer ruido. La licenciatura es nueva, se sentía en silencio dentro de la universidad, y los escritores cargan con la fama de callados, solitarios y retraídos. Querían que se viera que la literatura está viva. Pero al conversar con compañeros de Filosofía y Lingüística descubrieron que había mucha gente buscando lo mismo, un lugar de dónde agarrarse para pintar, escribir, bailar, tocar. “Si hay tantas personas a las que les gusta crear, ¿por qué no hacer un espacio para que todos convivamos?”, dice Lizbeth. De ahí pasó de ser un ruido a ser una casa.

La elección de Sor Juana tiene raíces personales. Lizbeth la leyó en la carrera y fue como descubrir otra manera de mirar. La ve como un símbolo para las creadoras que alguna vez sintieron que su voz pesaba menos que la de otros. José Ramón confiesa que no la había leído hasta entrar a la licenciatura. Para él, el billete le puso encima un marco institucional que da pereza, un léxico del siglo XVII que parece distante. Su corazón está en el Primero sueño, el poema donde ella decidió cifrar todo lo que sabía. “Si lo hubiera escrito otra persona, en otro contexto, si no lo hubiera escrito una monja mexicana, lo tendrían en un museo y le prenderíamos veladoras”. Lizbeth lo dice con otra imagen: “Hay una punk ahí debajo de esa monja”.

La jornada abre con la inauguración a las nueve. A las diez sube al estrado Abe Barrera, escritora jalisciense muy joven y de voz potente, que presentará Escribir desde el interior de la ballena, una novela que dialoga con su madre y juega a que el lector no sepa dónde termina la autobiografía y dónde empieza la invención. Su charla está pensada también para quien trae algo que lo mueve por dentro y no sabe cómo empezar a escribirlo.

A las 10:40 arrancan, en aulas distintas, tres talleres a la vez. En Cartas a Sor Juana, los participantes entablan una conversación con la monja y la vuelven correspondencia, pueden escribirle a ella, a quien quieran o a su propio yo visto en retrospectiva. La charla los lleva a preguntarse cómo llegó Sor Juana a escribir lo que escribió, qué era ser monja en su tiempo y cuántos de los sesgos que ella padeció siguen vivos.

Hombres necios, el favorito de Lizbeth, es según ella el más punk de todos. Parte de la redondilla que acusa a los hombres que culpan a la mujer sin razón. Tras leerla, cada asistente comparte las experiencias de sus propios hombres necios, sea un maestro, un ex o cualquiera que ejerció sobre ella un poder sin sentido, y escribe desde ahí cómo la hizo sentir aquello. Es un diálogo circular, con mirada hacia las mujeres y en un lugar donde puedan sentirse seguras.

Retrato recorre poemas de autores que se escribieron a sí mismos. Al terminar la lectura, cada participante recibe una hoja, se dibuja un autorretrato y escribe encima un poema, para mirarse con dos lenguajes a la vez.

A las 11:40 llega Pintura sensorial, el taller que los organizadores prefieren dejar como sorpresa. Lo único que adelantan es una instrucción: van a entrar con los ojos cerrados.

Desde las tres de la tarde el escenario es de la música, con baile, performance y lectura de poesía. Habrá comida, chile, mole y pozole, y hasta una hamburguesa. “Vienes, convives, te comes tu respectiva hamburguesa, te escuchas unas rolas, estás tranquilo”, dice José Ramón. Habrá puestos de la editorial Medusa, que publica a autores jóvenes de Tepic, y de Atípico, casa cultural que muchos asistentes descubrirán ahí mismo. “Todo va a ir loco”, promete Lizbeth. “Van a raspar el piso de Humanidades”.

El festival se hizo con lo que había. Unas diez personas forman el núcleo organizador y entre quince y veinte ayudan. Cuando se trata de conseguir dinero, cuenta Lizbeth, el estudiante abre la cartera y encuentra cinco pesos. Su compañera Janina propuso una rifa, y la banda Rosa Polar donó una playera, un tarro y un vaso de premio. Los boletos se repartieron entre todos los estudiantes de la carrera y se armó además un tianguis de ropa. Los maestros pusieron dinero de su propio bolsillo. “No nos dejaron solos”, dice Lizbeth. Nadie empujó el barquito al mar sin remos. Y aun con las bolsas vacías, asegura, lo habrían hecho: habría sido más pequeño, pero habría existido. “El chiste era organizarlo y hacerlo”.

Fuera de Tepic, cuenta José Ramón, los espacios culturales casi no existen, y las bibliotecas municipales están en el abandono. Dentro de la capital, los independientes viven encapsulados. Lizbeth recuerda la frase que se repite entre los jóvenes: en Tepic no hay nada que hacer. El Sor Juana Fest, dice José Ramón, es una piedrita más, un lugar más donde estar, y la suma de esas piedritas puede abrir camino. Lizbeth sueña con tender eslabones hacia otras universidades y con invitar a quienes hacen fanzines en sus ciudades y no encuentran dónde mostrarlos.

La idea es que el festival sobreviva a quienes lo fundaron. El nombre de Sor Juana se quedará, pero cada generación elegirá a su escritor y organizará el aniversario, porque a cada una le toca la experiencia de hacer algo real. “No es nomás un archivo en tu computadora. Tiene que ocurrir y tiene que venir gente”. Si no hacen su parte, pasan cosas.

A quien lo piensa y no se atreve, José Ramón le recomienda perderle el miedo al fracaso. Recuerda al niño que tira un plato: no pasó nada, el plato se cayó, y sin embargo lo que viene es el regaño. “Relájate, no pasa la gran cosa si no funciona. Perdí y no pasó nada”. Lizbeth, que reconoce que a ella le cuesta salir de su zona de confort, lo dice sin adornos: “Hay que animarse, aunque nos aterre”.

Del público piden poco. Que se lleve buen sabor de boca, que conozca gente nueva, que llegue a casa con ganas de leer algo, aunque no sea Sor Juana. Que se contagie, dice Lizbeth, y que se pregunte si de verdad la monja era lo que le dijo la institución, o si hay algo más fuerte ahí debajo. El 12 de noviembre, el concreto de Humanidades tendrá que hacerle espacio al árbol.

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