Sentido Común/Meridiano
«Chaparro». Así le decía su mamá cuando Carlos Andrés Monroy Díaz era apenas un niño, y con la palabra venía una advertencia: iba a causar admiración, la gente le haría muchas preguntas, lo iban a cuestionar. La idea de prepararlo había salido del abuelo, que le pidió a su hija hacer lo necesario para que el muchacho llevara una vida lo más tranquila posible.
Carlos tiene hoy 46 años y preside la asociación Personas de Talla Baja de Nayarit. Así lo contó en entrevista con Lorena Martínez para Sentido Común, donde habló también de su hija, una muchacha de 17 que cumplirá 18 en marzo. Desde el 10 de febrero trabaja en el gobierno del estado, en el área de recursos materiales. Estudió la preparatoria y dos carreras técnicas, una de electricista y otra de operador de microcomputadoras; maneja Excel, Word, PowerPoint y Publisher, y además le sabe a la carpintería, la plomería y la albañilería.
Nació en Santiago Ixcuintla. Tenía cuatro años cuando la familia se mudó a Tepic, a una colonia nueva donde el kínder era de cartón. Luego lo inscribieron en la escuela Amado Fletes, donde cursó primero y segundo, y para tercero lo cambiaron de plantel.
En cada escuela se repetía la escena. Los compañeros querían saber cómo se llamaba y por qué era así, y él trataba de explicarles. La curiosidad crecía tanto que muchos niños dejaban de jugar en el recreo para ir a buscarlo. A su juicio, ni directoras ni maestros estaban preparados para el revuelo que provocaba su llegada; sospecha que algún padre de familia llegó a comentar algo, aunque nunca lo supo de cierto.
En casa, recuerda, lo trataban con normalidad.
La gente suele llamarlos enanos o enanitos. Carlos aclara que el término correcto es «persona de talla baja», aunque a estas alturas le da lo mismo: «Ya tengo 46 años, así que me lo digan o no me lo digan, no me afecta». Según sus datos, la condición se presenta en una de cada nueve mil personas.
Tenía 12 años cuando se cruzó por primera vez con otra persona de talla baja. Fue en la playa. Caminaba con su hermano y el otro venía con un grupo de amigos. Su hermano se lo dijo sin rodeos: «Chaparro, así te ves».
Eran los años en que empieza a importar la mirada de las muchachas, y Carlos admite que esa etapa fue más complicada. Hay mujeres que se fijan en lo físico, dice, y enseguida reconoce que muchos hombres también. Aun así tuvo sus novias, estuvo casado cuatro años y tiene a su hija, «gracias a Dios».
Carlos habla de su condición como discapacidad y explica por qué. Con una estatura promedio podría cargar lo que carga cualquier hombre de su edad y caminaría más rápido. Los huesos dan más problemas, y todas las personas de talla baja, señala, tienen curvatura en las piernas. Para cambiar un foco cualquiera usa escalera; él necesita una más alta, o andar siempre con un banquito.
De joven, cuando estudiaba, subir al camión era una maniobra: apoyaba primero una rodilla en el escalón, daba la vuelta y luego subía la otra. Cada semana o cada quince días llegaba a casa con el pantalón roto de las rodillas.
«No es que diga yo: soy discapacitado, ya no puedo hacer nada. Puedo hacer cosas, me cuesta más trabajo y tengo que usar más herramientas. Por eso son discapacidades», explica.
Lo que más le ha servido, insiste, fue la preparación que le dio su madre. Ha visto a otras familias convertir el apoyo en encierro y sobreprotección, y a la hora de la hora esos hijos no logran desenvolverse fuera de casa. También le incomoda el papel de mártir que llegan a asumir muchas personas con discapacidad, con el «ay, no puedo» y el «ay, pobrecito». «Desde que nacemos llegamos a un mundo que no está adaptado a nosotros», dice.
En su trabajo actual está a gusto. Hace lo que sabe hacer y el equipo, cuenta, lo arropó desde que llegó.
La asociación se ha dado a la tarea de buscar a las personas de talla baja de la entidad. En Tepic tienen ubicadas entre 15 y 20, y en todo Nayarit, entre 45 y 50.
La discriminación que conoce tiene dos caras. Una es la lástima. La otra es el silencio de quienes ni le dirigen la palabra, como si temieran que algo se les fuera a pegar. «Me ha tocado», dice. Pasa también en ventanillas y mostradores, donde lo ven, desvían la mirada y atienden primero a quien acaba de llegar.
A las autoridades les pide algo que considera sencillo. Las leyes que amparan a las personas con discapacidad ya existen, porque hubo quien trabajó por ellas, y lo que falta es hacerlas cumplir. Pide también más amabilidad en el trato y que dejen de mirarlos con morbo. «Que nada más nos den la oportunidad de demostrar de lo que somos capaces; no nos etiqueten», dice.
Cada mañana, cuenta, lo primero que hace es darle gracias a Dios por dejarlo abrir los ojos un día más. Después viene su consigna: «Ánimo, si puedes, échale ganas».

